Poti de Cai
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Tiempo de cuentos y encuentros

Espectáculo unipersonal de narración oral

Poti de Cai

Vivimos rodeados de pantallas.

Mensajes.

Notificaciones.

Vídeos que duran menos de lo que tardamos en decidir si nos interesan.

Aplicaciones empeñadas en recordarnos que, mientras estamos aquí, en algún otro sitio ocurre algo que quizá deberíamos estar mirando.

Y entonces hacemos una cosa bastante extraña.

Nos reunimos.

En el mismo lugar.

A la misma hora.

Alguien empieza a contar una historia y los demás escuchan.

Sin poder acelerar.

Sin deslizar hacia arriba.

Sin saltar al siguiente cuento.

Solo personas compartiendo tiempo.

El extraño lujo de estar presentes

Quizá una de las cosas más raras que podemos hacer hoy sea dedicar nuestra atención completa a alguien que está delante.

No porque la tecnología sea el enemigo.

Sería una guerra bastante absurda y, sospecho, perdida de antemano.

Sino porque hemos construido un mundo en el que casi todo compite por nuestra atención.

Y contar exige precisamente lo contrario.

Tiempo.

Presencia.

Escucha.

Una historia empieza y durante unos minutos no tenemos demasiada prisa por llegar al final.

Nos quedamos dentro.

Eso es Tiempo de cuentos y encuentros.

Una invitación a recuperar algo que los seres humanos llevamos haciendo muchísimo antes de que existiera cualquier pantalla: reunirnos alrededor de las historias.

Historias sin demasiada obligación de parecerse

El espectáculo combina cuentos de tradición oral y relatos literarios.

Puede haber humor.

Extrañeza.

Memoria.

Absurdo.

Emoción.

Algún personaje que tome decisiones poco recomendables.

Y probablemente alguna historia que resulte difícil clasificar en cualquiera de esas categorías.

El repertorio puede cambiar.

No busco construir una colección de cuentos unidos a la fuerza por un gran tema.

El hilo está en otra parte.

En el encuentro.

En aquello que sucede cuando historias diferentes comparten una misma sesión y cuando un grupo de personas decide prestarles atención durante un rato.

Porque a veces lo que une los cuentos no está dentro de ellos.

Está entre quienes los cuentan y quienes los escuchan.

Contar es también escuchar

La narración oral tiene una particularidad incómoda.

El público está allí.

De verdad.

No es una cifra.

No es una audiencia imaginada.

Respira, se mueve, se ríe, se incomoda, guarda silencio y, de vez en cuando, hace alguna de esas cosas exactamente cuando uno no esperaba que las hiciera.

Por eso ninguna sesión sucede dos veces de la misma manera.

Puede que las historias sean conocidas.

Puede que lleve años contándolas.

Pero esas personas no estaban allí la última vez.

Y yo tampoco soy exactamente el mismo.

Contar consiste también en escuchar qué está ocurriendo mientras contamos.

Quizá por eso me sigue interesando tanto.

Un lugar para encontrarnos

Tiempo de cuentos y encuentros puede realizarse en teatros, bibliotecas, cafés, pequeñas salas, espacios culturales y lugares no convencionales.

De hecho, la proximidad puede favorecer especialmente este espectáculo.

No necesito que un espacio parezca un teatro.

Necesito poder ver al público.

Y que el público pueda verme y escucharme.

A veces basta con unas sillas bien colocadas y un poco de silencio alrededor.

Lo demás puede empezar a aparecer cuando comiencen las historias.

En un mundo lleno de pantallas…

No pretendo demostrar que antes vivíamos mejor.

Probablemente no.

Tampoco quiero organizar una ceremonia nostálgica alrededor del fuego mientras fingimos que nadie lleva un teléfono en el bolsillo.

Me interesa algo bastante más sencillo.

Comprobar que todavía somos capaces de hacerlo.

Estar juntos.

Escuchar.

Imaginar.

Dejar que una voz ocupe durante unos minutos el lugar que normalmente ocupan cientos de estímulos simultáneos.

En un mundo lleno de pantallas, contarnos es casi un acto de resistencia.

Aunque quizá sea simplemente una forma bastante antigua de recordar que seguimos aquí.

Juntos.