Poti de Cai

El oficio de contar

El Sillón de la Ll: de lectoras a autoras

Conversación

Érase una vez en Benaocaz, de El Sillón de la Ll
Érase una vez en Benaocaz, de El Sillón de la Ll.

Llevaba apenas unas semanas viviendo en Benaocaz cuando el pueblo decidió recibirme con un libro. No sabría decirlo de otra manera. La sierra formaba parte de mi vida desde mucho antes. De niño había pasado muchos fines de semana por allí con mis padres y, ya de adulto, regresé innumerables veces para caminar por sus senderos o pasar unos días con amigos en alguna casa de pueblo. Y, sin embargo, después de tantos años recorriéndola, Benaocaz parecía haberse reservado, como una novia pudorosa, para cruzarse en mi camino justo cuando debía hacerlo.

Fue durante una ruta desde Grazalema. Habíamos atravesado las montañas y, cuando comenzábamos a acercarnos al pueblo y lo vi aparecer ante nosotros, sentí algo parecido a un flechazo. Recuerdo decirles a mis amigos que teníamos que volver, pero la próxima vez no para llegar al final de una caminata, sino para quedarnos allí todo un fin de semana.

Y volvimos.

Después de aquella estancia recuerdo haberle dicho a uno de ellos que ojalá el destino me permitiese vivir alguna vez en aquel pueblo. Entonces no era más que un deseo lanzado al aire.

Años después, cuando finalmente pude instalarme en Benaocaz con mi pareja, tuve la sensación de que aquel deseo había estado esperando pacientemente a que la vida encontrara la manera de cumplirlo.

Entonces apareció aquel anuncio: un club de lectura de Benaocaz presentaba un libro de cuentos escrito por sus propias integrantes. Parecía una cortesía del destino. Narro cuentos, los leo, los estudio, los busco y convivo con ellos desde hace años, así que resultaba difícil permanecer indiferente cuando un grupo de mujeres del pueblo en el que acababa de instalarme decidía escribir sus propias historias y reunirlas en un libro. Lo compré, lo leí con verdadero interés y, como ocurre con algunos libros, al terminarlo no se había terminado nada. Me quedó una curiosidad: quería conocer a las mujeres que estaban detrás.

Lo curioso es que tardé más de un año en hacerlo. Durante meses ensayé mentalmente formas de acercarme, quizá demasiadas. Como quien prepara una primera cita con alguien que le importa, imaginaba estrategias, oportunidades y excusas. Cuando creía haber encontrado la adecuada, aparecía otra que me parecía mejor, y detrás de aquella otra una tercera. A fuerza de buscar el momento perfecto conseguí, sobre todo, aplazarlo. Supongo que temía irrumpir donde nadie me había llamado, que mi interés pudiera confundirse con intromisión. Siempre me parecía posible encontrar una manera más natural, una razón mejor, una puerta que hiciera innecesario llamar.

Hasta que entendí lo evidente: había leído su libro, me interesaba lo que habían hecho y quería escucharlas. No necesitaba mucho más.

Las historias suelen engañarnos sobre su comienzo. Uno cree que una historia empieza cuando alguien escribe la primera frase, pero casi siempre ha empezado mucho antes. La de El Sillón de la Ll comenzó en una pequeña biblioteca de pueblo.

Pepi Gómez acostumbraba a acudir a la biblioteca de Benaocaz con sus hijos. Iban a buscar libros, una cosa aparentemente sencilla: entrar, escoger y llevarse unas páginas prestadas a casa. Pero la repetición crea intimidades. Las visitas se fueron alargando y Pepi empezó a hablar con Pepa Jiménez Caro, la bibliotecaria. Las conversaciones comenzaron a durar más que el trámite del préstamo y terminaron haciendo lo que a veces hacen las conversaciones cuando se les concede tiempo: convertirse en amistad.

Pepi repetía una idea: «Cuando yo me jubile, podríamos hacer un club de lectura en el pueblo». Hay frases que uno pronuncia muchas veces sin saber si está expresando un deseo o dejando una semilla. Pepi se jubiló y la semilla, después de esperar lo suyo, decidió salir.

Una circunstancia relacionada con el centro de día terminó actuando como detonante. La primera idea no funcionó exactamente como habían imaginado; la convocatoria inicial apenas encontró respuesta y el proyecto tuvo que buscar otro camino. Lo encontró. Alrededor de aquellas dos mujeres, de la biblioteca y de los libros comenzó a reunirse un grupo: El Sillón de la Ll.

Hoy se encuentran cada semana. Leen, hablan de lo leído y después hacen algo que me parece fundamental: dejan que los libros continúen actuando sobre ellas. Escriben poesía, haikus, pequeños textos, ejercicios de creación. Porque un libro no siempre termina cuando se cierra; a veces es precisamente entonces cuando empieza a hacer su trabajo.

Cuando les escuché explicar cómo habían pasado de leer a escribir no sentí ninguna sorpresa. Me pareció natural. Siempre he pensado que el arte posee una cierta capacidad de contagio: uno contempla un cuadro y siente deseos de mirar de otro modo; escucha una música y algo dentro empieza a buscar ritmo; lee una historia y, algunas veces, otra historia comienza a removerse por algún sitio. Lo verdaderamente extraño es que no ocurra más. Y más extraño todavía que ocurra a todo un grupo.

Uno de sus primeros ejercicios de escritura consistió en escribir sobre «mi helado favorito». No parece un comienzo particularmente heroico. Ninguna editorial llamando a la puerta, ninguna escritora en trance frente a la página en blanco, ninguna posteridad esperando impaciente.

Después llegaron otros ejercicios y un día aparecieron los cuentos. Rosa lo recuerda así:

«Nunca pensé que llegáramos a publicar un libro».

Y seguramente ahí está una de las claves de todo el proceso. No escribieron porque quisieran publicar. Escribieron porque estaban juntas, porque estaban leyendo, porque alguien propuso un ejercicio y porque después había unas cuantas personas esperando escuchar lo que cada una había hecho.

Primero escribieron y después se escucharon. Entonces ocurrió algo que quizá fuese más importante que el libro que vendría después: comenzaron a sorprenderse de sí mismas. Al leer aquellos cuentos en voz alta descubrieron que les gustaban, que allí había algo, que eran capaces de inventar historias que despertaban el interés de las demás. Y la sorpresa fue compartida.

Ese plural tiene importancia. No se trataba de encontrar a la escritora secreta que alguna llevaba escondida desde niña y que por fin había conseguido escapar, sino del grupo. Una escribía, las otras escuchaban, alguien sugería una modificación, otra encontraba un final, se corregía una frase, se añadía algo, se quitaba y se volvía a leer. Y, sobre todo, se continuaba. Hasta que aquellas páginas, que nunca habían nacido con la obligación de convertirse en nada, terminaron convirtiéndose en un libro.

Y ese cuidado colectivo parece haber quedado también prendido en el objeto. Hay libros que se limitan a contener unas historias y otros en los que se percibe, nada más tenerlos entre las manos, el cariño con el que fueron hechos. Este pertenece a los segundos. Se nota en la edición y, especialmente, en las ilustraciones que acompañan los relatos, obra de Inmaculada Díaz, una de las propias integrantes del grupo. Sus dibujos, y esto se nota, no han llegado después para adornar lo escrito, sino que han crecido junto a las historias, compartiendo con ellas lugares, personajes y una misma manera de mirar el pueblo.

Páginas e ilustración del libro abierto
Páginas de Érase una vez en Benaocaz.

Para escribir los cuentos establecieron prácticamente una sola condición: cada historia debía desarrollarse en Benaocaz o estar relacionada con sus alrededores. El resto quedaba en manos de cada cual. Y entonces el pueblo comenzó a entrar en las páginas.

El barrio Nazarí, la Fuente del Tejar, los caminos, el paisaje, lugares conocidos, recuerdos, relatos escuchados y leyendas fueron mezclándose con la imaginación de cada autora. También libros leídos mucho tiempo atrás y cuentos que llevamos dentro desde la infancia sin saber exactamente cuándo entraron.

Es uno de los asuntos que más me interesan de las historias. Los cuentos, pero sobre todo las leyendas, sienten una especial predilección por la realidad. Necesitan una fuente, una piedra, una casa, un barranco, el nombre de una persona, una fecha que nadie recuerda ya con exactitud; algo que permita afirmar: fue allí. Basta con señalar un lugar para que la historia adquiera otra consistencia.

Pero sucede también lo contrario: la historia modifica el lugar. Un sendero por el que hemos pasado cien veces puede dejar de ser el mismo después de que alguien nos cuente que allí ocurrió algo. Una encina puede convertirse en otra cosa. Una fuente puede almacenar, además de agua, memoria. Una casa cerrada comienza a tener habitantes invisibles. Los lugares no son solamente geografía: también son lo que hemos contado sobre ellos y lo que otros contaron antes de que nosotros llegáramos.

Por eso me interesó particularmente escuchar a Pepi hablando de El salto del cabrero, una leyenda que no terminaba de convencerla: «A mí no me gusta la leyenda que hay, me parece muy incompleta, y yo la cambio. Bueno, la aprovecho y la cambio».

Podría parecer una pequeña irreverencia hacia la tradición. Para mí es exactamente lo contrario. Ahí está uno de sus mecanismos fundamentales. Una historia llega, alguien la escucha, la recuerda mal, la entiende a su manera, añade una cosa, pierde otra, cambia el motivo de un personaje porque ya no lo comprende o porque encuentra otro mejor, y vuelve a contarla. Las historias sobreviven, entre otras cosas, porque nunca conseguimos conservarlas completamente quietas.

Fuente del Dornajo entre las rocas de la sierra
Fuente del Dornajo.

Publicaron el libro y entonces la historia emprendió el viaje en sentido contrario. Había nacido del pueblo, pero ahora regresaba a él convertida en páginas.

Los primeros ejemplares desaparecieron con una rapidez que sorprendió incluso a sus autoras y fue necesario imprimir más. La presentación llenó el teatro hasta el punto de convertirse en uno de los recuerdos recurrentes de aquella aventura. Pero mientras las escuchaba comprendí que el dato verdaderamente importante no estaba en el número de ejemplares.

Isabel utilizó una expresión mucho más precisa:

«Todo el mundo contento y, además, haciéndolo suyo».

Eso es otra cosa.

El pueblo comenzó a reconocerse dentro del libro y, cuando una comunidad se reconoce en una historia, sucede algo curioso: empieza a discutir con ella. Alguien se acercaba para decirles que podían haber contado tal cosa, otro recordaba un episodio que no aparecía, alguien proponía un personaje, un rincón, otra leyenda. El libro que había nacido de algunos recuerdos comenzaba a despertar recuerdos nuevos, como si al remover la tierra hubieran aparecido otras semillas.

Y después ocurrió algo que me gusta todavía más. Hubo lectores que quisieron encontrar físicamente los lugares de los cuentos: la Fuente del Tejar, la encina, los escenarios. Querían saber dónde estaba aquello que habían leído. Rosa contó el caso de un colegio de Rota que había leído el libro y poco después realizó una visita a Benaocaz.

Los cuentos habían abandonado el papel. Ahora caminaban.

Me cuesta imaginar una imagen mejor para explicar la relación entre literatura y territorio: un lector leyendo primero un lugar y recorriéndolo después con sus propios pies. Ellas habían metido Benaocaz en un libro y el libro estaba empezando a devolver gente a Benaocaz.

En algún momento de la conversación pregunté si quedaban personas mayores que conservaran historias del pueblo. La respuesta fue inmediata: sí. Hablaron especialmente de algunas mujeres del centro de día, capaces, según ellas, de contar historias que quizá ni las propias integrantes del club conocen.

La noticia me alegró. Reconozco que sentí inmediatamente esa pequeña excitación que produce saber que en algún sitio puede estar esperando una historia que todavía no conoces. Después he intentado tirar un poco de ese hilo y el hilo no parece tan fácil de seguir. Eso me produce cierta tristeza.

Durante siglos la oralidad popular no tuvo necesidad de que nadie la «recuperase». No había que organizar proyectos para salvar las historias. Las historias estaban, circulaban, aparecían mientras se trabajaba, mientras se descansaba, en una cocina, en una puerta, en una reunión familiar, durante una noche demasiado larga. No eran patrimonio. Eran conversación.

Cuando una cultura necesita hablar de «rescatar» su tradición oral es porque, de alguna forma, esa tradición ya ha empezado a quedarse sin aire. El mundo rural conserva todavía voces, pero cada vez parece haber menos ocasiones para escucharlas. Quizá el peligro no sea solamente que desaparezcan quienes conocen esas historias; quizá desaparezca antes la costumbre de sentarse a contarlas y, sobre todo, de sentarse a escuchar.

Al final de nuestra conversación les propuse un juego. Una frase incompleta:

«Una historia puede nacer en Benaocaz cuando...»

Rosa fue la primera: «Cuando alguien es capaz de crearla y de verla». Pepa Jiménez añadió: «De vivirla también». Isabel dijo: «Cuando se siente». Y todavía añadió algo más: «Cuando se tiene un grupo que te anima».

Tal vez allí estuviese la respuesta a una pregunta que yo no había formulado. Porque uno puede hablar del libro, de los cuentos, de las ilustraciones, de las leyendas, de los ejemplares vendidos, del teatro lleno o de los lugares que ahora algunos lectores quieren encontrar. Pero detrás de todo aquello había algo mucho más sencillo: un grupo de mujeres que se reúne cada semana alrededor de unos libros.

Antes de terminar les pregunté qué les gustaría que pensara alguien que encontrara aquel libro dentro de veinte años. Isabel respondió que le gustaría que supiera que en un pueblo tan pequeño había existido un grupo de mujeres capaz de hacer algo tan hermoso como un libro que quedara para la posteridad. Y después, casi cuando todo había terminado, dejó caer una frase más pequeña, de esas que no necesitan adornos porque llevan dentro todo lo que tienen que decir:

«Si yo no hubiese tenido este grupo, nunca habría escrito una historia».

Quizá por eso me gusta tanto el nombre de El Sillón de la Ll. Porque un sillón no es únicamente un sitio donde sentarse. También puede ser el lugar desde el que se lee y se escucha; el lugar en el que, alguna tarde, casi sin darse cuenta, alguien comienza a contar.

Salí de aquella conversación con la impresión de que aquellas mujeres habían descubierto algo que va bastante más allá de haber publicado un libro: habían descubierto lo que podían hacer juntas. Y esas cosas suelen ser peligrosas, porque después de descubrirlas resulta difícil volver a quedarse quieto.

Creo que a El Sillón de la Ll todavía le queda bastante camino y sospecho que también unas cuantas historias por sorprendernos.

Sobre el libro

Cubierta de Érase una vez en Benaocaz
Cubierta de Érase una vez en Benaocaz.

Érase una vez en Benaocaz reúne relatos de María Jesús Alberto Menacho, Cecilia Álvarez Fernández, Rosa María Bazán Menacho, Isabel Camacho Moreno, María Antonia Gago González, Pepi Gómez, María Gómez López, Pepa Jiménez Caro, Ana Jiménez Lamela, Belén Mangana del Castillo, María del Carmen Mangana Puerto, María Isabel Palma Montalbán, Francisca Reyes Pérez, María de los Cielos Ríos Pulido, Inmaculada Ríos Rodríguez, Mari Rodríguez Ordóñez y Angélica Rodríguez Vázquez.

Las ilustraciones son obra de Inmaculada Ríos Rodríguez, también integrante de El Sillón de la Ll. El libro fue publicado por Editorial Proyecto 5 en agosto de 2025, con diseño de cubierta y maquetación de Camila Junqueira de Lima.