En 1998 estaba en Salamanca, terminando —o intentando terminar, que no es exactamente lo mismo— mis estudios de Historia del Arte y metido con unos cuantos insensatos en la creación de una revista de pensamiento y cultura a la que habíamos llamado BIOrritMOS.
En algún momento cometí el error habitual de comprometerme a escribir un artículo antes de tener la menor idea de qué demonios iba a escribir.
Pasaron los días.
La página continuaba en blanco.
Mi musa, si es que alguna vez he tenido una, debía de estar ocupada con asuntos bastante más interesantes.
Hasta que alguien me hizo una pregunta tan sencilla que resultó casi ofensiva:
—¿Por qué no escribes sobre algo que realmente tengas ganas de decir?
Y entonces apareció.
Llevaba años contando cuentos. Habíamos puesto en marcha Las mil y una noches de Tertulia, después El Café del Cuento, recorríamos escenarios, impartíamos talleres y pasábamos una cantidad considerable de tiempo pensando, hablando y discutiendo sobre narración oral.
Y, sin embargo, había una pregunta que seguía molestándome.
¿Qué estamos haciendo realmente cuando nos ponemos delante de un grupo de personas para contarles una historia?
De aquella pregunta nació un texto que titulé Invitación de boda.
Han pasado casi treinta años.
He contado mucho, he dejado de contar tanto, he vuelto a contar, he enseñado, he aprendido cosas que nada parecían tener que ver con los cuentos y he terminado descubriendo que algunas sí tenían bastante que ver.
Y al releer aquel texto me encuentro con afirmaciones que hoy escribiría de otra manera, entusiasmos propios de la edad y alguna frase a la que probablemente le vendría bien una dieta.
Pero también encuentro algo que sigue allí.
Una declaración de intenciones.
No se esconda
Imagínese un escenario.
No hace falta que sea un teatro.
Puede ser el rincón de un café, una biblioteca, una plaza, un salón, un patio, una habitación donde alguien ha tenido la ocurrencia de colocar veinte sillas mirando hacia usted.
Ya está.
Ahí tiene su escenario.
Ahora añada veinte, cincuenta, cien rostros esperando que ocurra algo.
El problema es que ese algo lo tiene que provocar usted.
Y aquí aparece una de las tentaciones más comprensibles del mundo: esconderse.
Detrás de un personaje.
Detrás de una voz de narrador.
Detrás de una técnica.
Detrás de un montón de gestos ensayados frente al espejo.
Detrás incluso del propio cuento.
Pero quien cuenta no interpreta necesariamente a otro.
Puede convertirse durante unos segundos en una vieja, en un rey, en un asesino o en una niña que se ha perdido en un bosque. Puede darle voz a un lobo, conversar con un muerto o discutir con un objeto que, hasta hace un momento, era una silla.
Y pese a todo sigue siendo él.
Eso es lo maravilloso.
Y también lo peligroso.
Porque hay pocos lugares donde esconderse cuando uno cuenta.
El mundo es relación
Escribí entonces una frase que todavía me interesa:
el mundo es relación, la vida es relación.
Y contar también.
Durante mucho tiempo se ha explicado la comunicación como si consistiera en colocar a un señor llamado emisor frente a otro llamado receptor, lanzar un mensaje entre ambos y esperar que llegue más o menos entero.
Una especie de Correos con palabras.
Pero cualquiera que haya contado delante de público sabe que no funciona exactamente así.
Uno habla y algo vuelve.
Una mirada.
Un silencio.
Una risa que no estaba prevista.
Una persona que se mueve en la tercera fila.
Una tensión que aparece de repente.
Un cuento que aquel día pide correr y otro que parece empeñado en detenerse.
El público no está allí para recibir el cuento.
Está haciéndolo posible.
Y por eso cada sesión tiene algo de irrepetible.
Podemos volver a contar mañana la misma historia.
Podemos conocer perfectamente su estructura, saber dónde están los giros, las imágenes, las palabras que no queremos perder.
Pero mañana habrá otras personas.
Y nosotros tampoco seremos exactamente los mismos.
Así que el cuento tampoco podrá serlo.
La ficción sabe que es ficción
Hay otra cosa de la narración oral que siempre me ha fascinado.
Nadie necesita engañar a nadie.
Si levanto una silla y digo que es un caballo, nadie entre el público va a llamar al veterinario.
Sabemos que es una silla.
Todos.
Y precisamente por eso puede convertirse en caballo.
Si señalo detrás de ustedes y digo que en la puerta acaba de aparecer una mujer cubierta de sangre, probablemente nadie salga corriendo.
Espero.
Pero durante unos segundos esa mujer estará allí.
No porque hayamos olvidado que estamos en una sala escuchando a alguien contar una historia, sino porque hemos aceptado hacer algo mucho más interesante: imaginarla juntos.
Ahí está parte del pacto.
Yo no necesito ocultar el mecanismo.
No necesito hacer desaparecer el escenario para fingir que estamos en un bosque.
El escenario puede seguir siendo escenario.
La silla puede seguir siendo silla.
Y precisamente desde ahí convocamos el bosque, el caballo, la mujer ensangrentada y lo que haga falta.
La ficción no tiene que borrar la realidad.
Puede crecer encima de ella.
El espacio tampoco es inocente
Por eso tampoco me da igual dónde se cuenta.
Un teatro significa antes de que se haya dicho una palabra.
También una biblioteca.
Un bar.
Una cárcel.
Una plaza.
Un colegio.
Un salón donde alguien ha retirado la mesa y colocado las sillas formando un círculo.
Cada espacio habla antes que nosotros.
Tiene temperatura, olores, ruidos, distancias, expectativas.
Hay lugares que acercan al público y otros que lo ponen a treinta metros. Lugares donde basta bajar la voz para que todos se inclinen hacia delante y otros donde uno tiene que luchar contra una máquina de café que ha decidido participar en el espectáculo.
El narrador llega allí y tiene dos opciones.
Quejarse de que ese no es su escenario.
O escucharlo.
Descubrir qué permite.
Qué dificulta.
Qué significa.
Y empezar desde ahí.
La técnica sirve para desaparecer
Esto puede resultar paradójico viniendo de alguien que dedica muchas horas a enseñar técnica.
Pero cada vez estoy más convencido de que la técnica tiene una finalidad bastante curiosa:
dejar de notarse.
Aprendemos a utilizar la voz para no estar pensando continuamente en la voz.
Trabajamos el cuerpo para dejar de preguntarnos qué hacemos con las manos.
Estudiamos estructuras para no perdernos dentro del cuento.
Pensamos el espacio, el ritmo, la mirada, el repertorio.
Y practicamos.
Mucho.
Pero no para convertirnos en una máquina perfectamente entrenada para producir cuentos idénticos.
Precisamente para lo contrario.
Para disponer de suficientes recursos como para poder estar presentes cuando algo distinto suceda.
La técnica no debería construir una jaula.
Debería darnos libertad.
La invitación
En aquel artículo de 1998 hablaba de invitar.
Me sigue gustando esa palabra.
No dar.
No imponer.
No demostrar.
Invitar.
Invitar a alguien a entrar durante unos minutos en una historia.
Invitarlo a mirar algo que quizá ya conocía desde otro lugar.
Invitarlo incluso a no estar de acuerdo.
Porque contar no consiste necesariamente en conseguir que todos salgamos pensando lo mismo.
Sería insoportable.
El cuento crea un territorio común, pero cada uno entra con su propia vida a cuestas.
Y sale con ella.
Quizá ligeramente movida.
Quizá no.
No tenemos tanto poder.
Afortunadamente.
¿Y el miedo?
En 1998 escribí mucho sobre el miedo.
Sobre subirse a un escenario y atreverse a estar allí sin esconderse.
Hoy quizá utilizaría otras palabras.
No creo que contar consista en llegar a un estado místico en el que uno deja de tener miedo.
El miedo aparece.
A veces incluso después de muchos años.
Hay públicos que intimidan, espacios que no ayudan, cuentos que de repente parecen desobedecernos y días en los que uno se pregunta, pocos minutos antes de empezar, quién tuvo la extraordinaria idea de dedicarse a esto.
Pero quizá el oficio no consista en dejar de sentir miedo.
Quizá consista en no utilizarlo como escondite.
Estar allí.
Mirar.
Escuchar.
Empezar.
Y confiar en que, si el cuento está suficientemente trabajado y nosotros suficientemente disponibles, en algún momento ocurrirá aquello por lo que hemos venido.
Una historia empezará a circular entre las personas que comparten ese lugar.
Y entonces, contar
El artículo original terminaba explicando por qué odiaba que me llamaran cuentacuentos.
Debía de tener más energía para las guerras terminológicas.
Hoy me preocupa bastante menos cómo me llamen.
Narrador oral.
Narrador oral escénico.
Cuentacuentos.
Señor que cuenta historias.
Hay discusiones más urgentes.
Lo que sí sigo defendiendo es lo que había detrás de aquella irritación.
Que contar no consiste simplemente en ponerse delante de alguien y recitar una historia.
Hay cuento.
Hay narrador.
Hay público.
Hay un espacio y un tiempo concretos.
Hay una relación que empieza a construirse en cuanto alguien abre la boca y otro decide escuchar.
Y durante unos minutos todas esas cosas dejan de existir por separado.
Por eso, casi treinta años después, si tuviera que reducir aquella Invitación de boda a una sola declaración de intenciones, probablemente sería esta:
No contamos para escondernos detrás de las historias.
Contamos para encontrarnos a través de ellas.
Este texto revisa, casi treinta años después, algunas ideas de Invitación de boda, publicado originalmente en 1998 en el primer número de BIOrritMOS.
