«Una vida no examinada no merece ser vivida».
Sócrates, en la Apología de Sócrates de Platón (38a).
No sé quién fue el primero que decidió que las historias se cuentan y la vida se vive, como si ambas cosas pudieran separarse limpiamente con un cuchillo.
La vida se vive, evidentemente. Faltaría más.
Uno se levanta, desayuna, se enamora, pierde el autobús, encuentra trabajo, lo pierde, tiene hijos o decide no tenerlos, enferma, se cura —a veces—, conoce a alguien que termina siendo imprescindible y un día descubre que también lo imprescindible desaparece. Pasan cosas. Muchas. Algunas maravillosas y otras que uno habría agradecido que el guionista se ahorrara.
Pero una acumulación de acontecimientos no es todavía una vida.
Es una agenda.
Para que esos hechos terminen significando algo necesitamos hacer con ellos lo que llevamos haciendo desde que alguien tuvo la ocurrencia de sentarse junto al fuego y explicar por qué había estrellas sobre su cabeza: contarlos.
El insoportable silencio de las cosas
Los seres humanos llevamos bastante mal que las cosas sucedan porque sí.
Queremos saber por qué.
Por qué estamos aquí. Por qué aquello tuvo que ocurrir. Por qué esa persona apareció precisamente entonces. Por qué acertamos. Por qué nos equivocamos. Y, sobre todo, qué demonios hacemos ahora con todo eso.
Cuando no conocemos la respuesta, la buscamos.
Y cuando no la encontramos, tampoco nos quedamos necesariamente quietos.
La inventamos.
Así nacieron mitos, dioses, héroes, monstruos, patrias, destinos y unas cuantas cosas más con las que hemos conseguido organizar el mundo y también complicarlo considerablemente.
Nos gusta pensar que hubo un momento glorioso en el que abandonamos el mythos y llegamos al logos, que dejamos atrás el cuento y comenzamos a pensar racionalmente.
No estoy tan seguro de que el cuento se marchara muy lejos.
Quizá simplemente aprendió a cambiarse de ropa.
Seguimos viviendo rodeados de relatos compartidos y, sobre todo, seguimos construyendo uno especialmente importante: el que explica quién creemos que somos.
Érase una vez yo
Prueben a responder a una pregunta aparentemente sencilla:
¿Quién eres?
No vale enseñar el DNI.
En cuanto intenten explicarlo aparecerá inevitablemente una historia.
Nací aquí. Crecí allí. Me ocurrió esto. Conocí a esta persona. Entonces decidí aquello. Después las cosas se torcieron. Tuve suerte. No la tuve. Por eso ahora…
Narramos.
Seleccionamos unos acontecimientos y dejamos otros fuera. Establecemos relaciones entre hechos que sucedieron quizá con años de diferencia. Encontramos causas, consecuencias, comienzos y finales.
Y lo hacemos incluso con nuestros recuerdos.
La memoria no parece ser ese maravilloso archivo municipal en el que cada experiencia permanece clasificada en su carpetita esperando que vayamos a consultarla. Recordar se parece bastante más a reconstruir.
Cada vez que contamos algo ocurrido hace veinte años lo hacemos desde la persona que somos hoy.
Y ahí comienza lo interesante.
Porque los hechos pueden permanecer, pero su significado cambia.
Un acontecimiento que durante años fue un fracaso puede terminar siendo el comienzo de otra cosa.
Una pérdida puede dividir una vida en un antes y un después.
Una decisión aparentemente insignificante puede convertirse retrospectivamente en el momento exacto en que empezó todo.
No hemos cambiado lo sucedido.
Hemos cambiado su lugar dentro del relato.
Cuidado con el narrador
El problema es que podemos terminar creyéndonos demasiado nuestras propias historias.
«Yo soy así».
«Nunca se me ha dado bien».
«Ya es demasiado tarde».
«A mí siempre me pasa lo mismo».
«Mi vida habría sido distinta si…»
Magníficos comienzos para un cuento.
Pésimos epitafios.
Repetimos algunas narraciones tantas veces que terminamos confundiendo su coherencia con su verdad.
Y quizá una de las cosas más interesantes que podemos hacer de vez en cuando sea volver a abrir nuestro propio manuscrito y preguntarnos quién está narrando aquello.
Porque tampoco se trata de caer ahora en esa fantasía contemporánea según la cual basta con desear intensamente algo, escribirlo en una libreta bonita y esperar a que el universo haga el resto.
El universo tiene cosas mejores que hacer.
No elegimos todo lo que nos ocurre.
Hay enfermedades, pérdidas, accidentes, injusticias y circunstancias ante las que nuestra capacidad de decisión puede ser desesperadamente pequeña.
Pero incluso entonces queda una pregunta:
¿Qué lugar va a ocupar esto dentro de mi historia?
Y esa respuesta puede cambiarlo casi todo.
Por eso contamos cuentos
Quizá ahí esté una de las razones por las que seguimos necesitando historias después de miles de años.
No porque no tengamos Netflix.
Precisamente tenemos Netflix porque seguimos necesitando historias.
Podemos cambiar la hoguera por una pantalla OLED de sesenta y cinco pulgadas, pero seguimos queriendo saber qué le ocurre a alguien cuando abandona su casa, entra en el bosque, pierde aquello que ama, se enfrenta a un monstruo o descubre que el monstruo llevaba todo el tiempo dentro.
Escuchamos la historia de otro y hacemos algo inevitable: nos colamos dentro.
¿Qué habría hecho yo?
¿A quién me recuerda?
¿Por qué me molesta este personaje?
¿Por qué deseo que gane?
¿Por qué este cuento, que habla de alguien que jamás existió en un lugar que tampoco existe, parece estar hablando precisamente de mí?
Ahí ocurre una de las maravillas de la ficción.
Nos permite mirar desde fuera cosas que desde dentro apenas conseguimos ver.
El cuento miente descaradamente en los hechos para intentar decir alguna verdad sobre nosotros.
Una especie fabuladora
Tal vez seamos eso.
Una especie que fabula.
Animales empeñados en transformar acontecimientos en historias porque una vida completamente desprovista de relato resultaría difícilmente soportable.
Necesitamos poder mirar hacia atrás y encontrar alguna forma de decir:
«Por esto llegué hasta aquí».
Y mirar hacia delante e imaginar:
«Ahora quiero ir hacia allí».
No significa que sepamos cómo termina el cuento.
Afortunadamente.
Un relato cuyo final conocemos de antemano puede ser magnífico para releerlo, pero resulta bastante poco estimulante para vivir dentro de él.
Lo que sí podemos hacer es examinar de vez en cuando la historia que nos estamos contando.
Preguntarnos qué personajes continúan teniendo sentido, qué tramas estamos manteniendo por pura costumbre, qué capítulos deberían terminar y cuáles llevamos demasiado tiempo aplazando.
Y quizá aceptar que somos simultáneamente personaje y narrador de una historia que nunca controlamos del todo.
La vida no es un cuento.
La vida es bastante más desordenada, injusta, inesperada y difícil de estructurar que un buen cuento.
Pero necesitamos narrarla.
Porque los acontecimientos suceden.
El sentido, en cambio, hay que construirlo.
Y quizá por eso, mientras nos quede vida, seguiremos contando.
Este texto revisa y desarrolla una reflexión publicada originalmente en 2022 en El Laboratorio del Cuento.
