Poti de Cai

Narrador oral y formador

Poti de Cai

Poti es mi nombre de guerra

Poti es mi nombre de guerra. Con él empecé a contar y con él sigo contando.

Nací en Cádiz en 1970 y llegué a la narración oral a los dieciocho años por uno de esos accidentes que, vistos mucho tiempo después, terminan pareciendo decisiones premeditadas.

En 1989, en plena celebración del Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz, llegué casi por casualidad a un taller de Narración Oral Escénica impartido por Francisco Garzón Céspedes. Sin saberlo, estaba participando en el primer taller de esta disciplina que se celebraba en la península ibérica.

Garzón era periodista, escritor, actor, director de teatro y, sobre todo para quienes estábamos allí, un hombre convencido de que contar historias podía ser algo bastante más serio —y bastante más complejo— que aprenderse un cuento y decirlo delante de otros.

Entré en aquel taller sin intención alguna de dedicarme a contar.

Salí con un problema.

Quería seguir haciéndolo.

De allí nació Shamán, formado inicialmente por Pedro Quirós, Ana Manteca, Juanjo Merapalabra y quien escribe estas líneas. Años después se incorporarían también Manolo Shamán y Kiko Butrón. Para entonces Pedro y yo ya nos habíamos trasladado a Salamanca, pero la distancia no impidió que siguiéramos encontrándonos alrededor de los cuentos y compartiendo escenario en numerosas ocasiones.

Éramos jóvenes, teníamos probablemente muchas más preguntas que respuestas y empezamos a explorar una manera de entender la narración oral que entonces todavía estaba abriéndose camino en España: el cuento contado como un arte con sus propios recursos, capaz de dialogar con la escena sin dejar de ser oralidad.

No sabíamos que estábamos participando en los comienzos de lo que años después se estudiaría como el movimiento contemporáneo de narración oral en España. La investigadora Marina Sanfilippo situaría posteriormente a Shamán entre aquellas primeras experiencias de la narración oral contemporánea española.

Consultar la tesis de Marina Sanfilippo · p. 161 (PDF)

Nosotros, básicamente, queríamos contar.

Y averiguar hasta dónde podía llevarnos aquello.

Shamán y los primeros años de la narración oral en Cádiz (Video)→
Retrato de Poti de Cai con gorra clara sobre fondo oscuro

Salamanca: cuentos, escenarios y unas cuantas preguntas

En 1992 me trasladé a Salamanca para estudiar.

Y los cuentos vinieron conmigo.

Pedro Quirós también acabó allí y retomamos una investigación que ya había comenzado en Cádiz: qué podía ocurrir cuando la palabra contada se encontraba con el gesto, el espacio, el cuerpo y otros lenguajes escénicos sin convertirse por ello en teatro.

La pregunta parece sencilla.

No lo era entonces.

Tampoco estoy seguro de que lo sea ahora.

Pusimos en marcha Las mil y una noches de Tertulia, unas sesiones semanales de cuentos que comenzaron en un espacio pequeño y fueron creciendo hasta que hubo que buscar otro lugar donde meter a la gente.

De aquello nació El Café del Cuento, un café-teatro en el que durante cerca de dos años los cuentos tuvieron escenario, público y cita regular.

Contábamos.

Probábamos.

Nos equivocábamos.

Volvíamos a probar.

Impartíamos talleres y cursos y hablábamos durante horas sobre cómo se cuenta una historia, qué hace el cuerpo mientras la boca habla, qué diferencia existe entre interpretar y narrar o qué demonios ocurre cuando una sala llena de desconocidos acepta quedarse en silencio para escuchar a una sola persona.

Algunos de quienes pasaron por aquellos talleres continuarían después su propio camino como actores y narradores.

Aquella actividad tuvo también su reflejo en la prensa salmantina de la época, en artículos como «El nuevo arte de contar cuentos».

Leer «El nuevo arte de contar cuentos» · Tribuna Universitaria, 7 de febrero de 1994

También comenzaron a llegar las invitaciones para participar en encuentros y festivales. En 1992 formamos parte de la Muestra Iberoamericana de Narración Oral Escénica, celebrada en el marco del Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz, donde coincidimos con narradores y compañías procedentes de distintos lugares de Iberoamérica, entre ellos Carolina Rueda, Moisés Mendelewicz, María Eugenia Llamas «La Tucita» y el propio Francisco Garzón Céspedes.

Consultar el programa del FIT de Cádiz de 1992 (PDF)

Aquel trabajo fue seguido de cerca por Francisco Garzón Céspedes, quien llegó a nombrarnos a Pedro y a mí delegados especiales de la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE) en Castilla y León. Aquel nombramiento tuvo más de reconocimiento a nuestra labor que de cargo efectivo. Años después, ambos obtuvimos también el certificado de maestros en Narración Oral Escénica otorgado por la propia Cátedra.

Garzón, que había abierto aquella puerta en Cádiz, firmaba también el diploma.

Hay círculos que tardan años en cerrarse.

Luego la vida decidió cambiar de argumento

Durante mucho tiempo los cuentos convivieron con otras cosas.

Estudié Filosofía y después Historia del Arte. Cuando me trasladé a Sevilla trabajé en el mundo del arte: primero en la Galería Cavecanem, más tarde en mi propia Galería La Matriz, escribí crítica y participé en distintos trabajos de gestión cultural. También fui jefe de sala del Centro de las Artes de Sevilla.

Después mi trayectoria profesional tomó una dirección que, sobre el papel, parecía bastante más alejada de todo aquello.

El mundo comercial.

Ventas, dirección de equipos, negociación, formación, comunicación.

Durante años pensé que había cambiado completamente de territorio.

Ahora no estoy tan seguro.

Vender es comunicar.

Negociar también.

Dirigir un equipo obliga a escuchar, observar, argumentar, detectar cuándo alguien ha dejado de estar contigo aunque continúe mirándote y comprender que lo que uno dice importa bastante menos que lo que el otro entiende.

Resultó que había cambiado de escenario, pero algunas de las preguntas seguían siendo sospechosamente parecidas.

Mientras tanto, la narración fue dejando de ocupar el centro de mi actividad profesional.

Pero nunca desapareció.

Seguí contando de manera ocasional. Seguí impartiendo formación. Hubo espectáculos, talleres y temporadas en las que los cuentos parecían conformarse con quedarse en una habitación lateral de la casa.

No estaban en el salón.

Pero tampoco se habían marchado.

Volver no significa regresar al mismo sitio

Muchos años después Pedro y yo volvimos a encontrarnos alrededor de los cuentos.

Empezamos a hablar de recuperar aquel trabajo compartido, de volver a colaborar en formación y también de volver a subir juntos a un escenario.

No llegamos a hacerlo.

Su muerte inesperada dejó aquellos proyectos donde estaban: en el territorio de las cosas que iban a suceder y ya no sucedieron.

Hay acontecimientos que no ofrecen demasiadas explicaciones.

Simplemente irrumpen.

Y a veces obligan a revisar la historia que uno venía contándose sobre su propia vida.

Otras experiencias personales se fueron sumando y comenzaron a colocar el tiempo, la palabra y las historias en un lugar distinto.

Comprendí entonces que no quería simplemente volver a contar como antes.

Tampoco habría podido.

Habían pasado demasiados años.

Yo tampoco era el mismo.

Lo que quería era regresar al cuento llevando conmigo todo lo que había ocurrido mientras parecía estar lejos de él.

Y descubrir qué podía hacerse ahora con todo aquello.

El Laboratorio del Cuento

De esa nueva etapa nació El Laboratorio del Cuento.

El nombre no es casual.

Siempre me ha interesado más hacer preguntas que administrar certezas, y un laboratorio es precisamente un lugar donde se prueba, se observa, se mezcla y, de vez en cuando, algo explota.

Metafóricamente, espero.

El Laboratorio nació como un espacio para programar narración oral, organizar formación, colaborar con otros narradores, acercar el cuento al público y continuar investigando un oficio que llevo conociendo desde 1989 y que, afortunadamente, todavía consigue desconcertarme.

Porque cuanto más sencillo parece —una persona, una historia y alguien dispuesto a escuchar— más preguntas aparecen cuando uno intenta averiguar qué está ocurriendo realmente.

Conocer El Laboratorio del Cuento →

Contar, formar, estudiar

Hoy mi trabajo se mueve fundamentalmente entre tres verbos:

contar, formar y estudiar.

Contar historias.

Solo o junto a otros narradores. En teatros, bibliotecas, cafés, salas y lugares que, en principio, quizá nadie había imaginado como escenario.

Formar.

Compartir con otros las herramientas del oficio: estructura, repertorio, voz, cuerpo, espacio, comunicación, presencia, relación con el público. No para enseñarles una manera correcta de contar —desconfío bastante de que exista—, sino para que dispongan de suficientes recursos como para encontrar la suya.

Y estudiar.

Seguir leyendo cuentos. Buscar otros. Preguntarme por qué funcionan. Comparar estructuras. Investigar la tradición oral. Pensar en el cuerpo, la palabra, la escucha y el público. Leer a quienes llevan siglos intentando explicar por qué los seres humanos tenemos esta extraña manía de convertir el mundo en historias.

Después de tantos años continúan interesándome casi las mismas preguntas.

¿Por qué contamos?

¿Qué ocurre cuando alguien empieza a hablar y otro decide escuchar?

¿Qué tiene una historia para poder atravesar siglos, idiomas y generaciones y seguir diciéndole algo a alguien?

Y, quizá la más incómoda:

¿por qué seguimos necesitándolas para intentar comprender el mundo y comprendernos dentro de él?

En 1989 entré por accidente en un taller de narración oral.

Más de tres décadas después sigo intentando averiguar exactamente dónde me metí.

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